Bernadette sale de casa acompañada de su hermana Toinette y de su amiga Jeanne Baloum para recoger leña en el bosque municipal, junto al río Gave. Como no puede cruzar el río sin mojarse los pies, comienza a descalzarse cuando, según sus propias palabras, «oí un ruido como un fuerte viento».
Se vuelve, pero los chopos que quedan a su espalda permanecen inmóviles. «Entonces», relata, «seguí descalzándome». Y de nuevo aquel ruido de viento.
Esta vez dirige la mirada hacia la gruta, que se ilumina, y en medio de esa luz se le aparece una figura blanca que le sonríe. «Tenía un vestido blanco, un velo también blanco, una cinta azul y una rosa amarilla en cada pie. También su rosario era amarillo. Me quedé sorprendida. Creyendo engañarme, me restregué los ojos, y volví a mirar. Veía siempre a la misma señora. Metí la mano en el bolsillo donde tenía el rosario. Quería hacer la señal de la cruz, pero no pude llevar la mano hasta la frente. La mano me caía. Entonces, el miedo se apoderó de mí y la mano me temblaba. Pero no huí. La dama tomó el rosario que sostenía entre sus manos e hizo la señal de la cruz; intenté hacerlo una segunda vez y lo conseguí. No bien hice la señal de la cruz, el gran miedo que sentía desapareció. Me arrodillé y recé el rosario con la bella señora. La visión hacía pasar las cuentas de su rosario sin mover los labios. Al acabar el rosario me hizo señas de que me acercara, pero yo no me atreví. Entonces la bella señora desapareció improvisamente».
De regreso a casa, Bernadette confió a su hermana y a su amiga lo que había visto, haciéndoles prometer que no lo contarían a nadie. Toinette, sin embargo, se lo reveló a sus padres, quienes aquella misma noche interrogaron a Bernadette y le prohibieron volver a la gruta.
Tras esta primera aparición, ocurrida en torno al mediodía, todas las siguientes tuvieron lugar por la mañana, con excepción de la decimocuarta y la decimoctava, que se produjeron por la tarde.
Era el domingo anterior al Miércoles de Ceniza. La propia Bernadette lo relata así: «El domingo siguiente volví a la gruta por segunda vez. Me acuerdo muy bien porque sentía una fuerza interior que me empujaba. Mi madre me había prohibido ir. Después de la misa solemne, fui con mis dos compañeras a pedirle a mamá que me dejara ir a la gruta. Ella no quería. Tenía miedo de que me cayera al agua y de que no volviera a tiempo para asistir a las vísperas. Yo le prometí que volvería a tiempo. Y me dio permiso para ir. Antes de salir hacia la gruta me acerqué a la parroquia con un frasquito para tomar un poco de agua bendita. Al llegar al lugar cada una tomó su rosario y nos arrodillamos para rezarlo. Acababa de terminar la primera decena del rosario cuando vi a la misma señora. Inmediatamente comencé a echarle agua bendita diciéndole que, si venía de parte de Dios, se quedara y si no que se fuera. Y me apresuraba a echarle agua. Ella me sonreía e inclinaba la cabeza».
Bernadette queda entonces sumida en éxtasis. Sus compañeras, incapaces de moverla, huyen asustadas en busca de ayuda. Es el molinero Nicolau quien, empleando toda su fuerza, logra a duras penas apartarla de aquel lugar. Los rumores comienzan a extenderse por Lourdes, y su madre, inquieta, le prohíbe una vez más regresar a la gruta.
La señora Milhet, mujer acomodada de Lourdes y movida por la curiosidad, obtiene de la madre el permiso para acompañar a la niña hasta Massabielle. Encarga a Bernadette que pregunte su nombre a la figura que se le aparece y le entrega papel, pluma y tintero para pedírselo por escrito: «¿Tendría la bondad de escribir su nombre?».
Es en esta ocasión cuando Bernadette escucha por primera vez la voz de la señora, que responde: «No es preciso». Y a continuación, con una amabilidad que sorprende, le dirige esta petición: «¿Tendrías la bondad de venir aquí durante quince días?». La propia Bernadette lo recuerda así: «Yo le dije que sí. Además, añadió que no me prometía la felicidad en este mundo, pero sí en el otro. Volví a la gruta durante quince días. La visión se me apareció todos los días, a excepción de un lunes y un viernes».
La aparición se prolonga durante un cuarto de hora. Bernadette acude con un cirio que le ha regalado su madrina, Bernarde Castérot, quien la acompaña hasta la gruta junto a una decena de personas. La bella señora se limita a sonreír en silencio, y Bernadette le responde mediante gestos: «Saludaba con las manos y la cabeza», relata su amiga Josèphe Barinque. «Daba gusto verla. Era como si en toda su vida no hubiese hecho otra cosa que aprender a hacer esos saludos. Yo no hacía más que mirarla».
Cuando Bernadette comienza a rezar el rosario, a la espera de que la blanca señora se manifieste, la rodean ya una treintena de personas. También en esta ocasión, el 20 de febrero, la visión se prolonga un cuarto de hora. Durante todo el encuentro, los párpados de Bernadette «no se cierran, ni siquiera cuando agacha la cabeza para saludar», según el testimonio de Rosine Cazenave.
Tampoco en esta ocasión, primer domingo de Cuaresma, habló la señora: de nuevo, solo gestos y sonrisas. Esa misma tarde, el comisario Jacomet, convencido de que todo el asunto es un montaje, somete a Bernadette a un interrogatorio. Es entonces cuando la niña emplea el término «Aquerò» —que en el dialecto de Lourdes significa «aquello, eso»— para nombrar lo que ve:
«Entonces, Bernadette, ¿vas todos los días a Massabielle?».
«Sí, señor».
«¿Y ves algo bonito?».
«Sí, señor».
«¿Así que ves a la santa Virgen?».
«Yo no digo que he visto a la santa Virgen».
«Ah, bueno. Tú no has visto nada».
«Sí. Algo he visto».
«¿Qué has visto?».
«Algo que era blanco».
«¿Algo o alguien?».
«Aquerò tiene la forma de una joven».
«¿Y no te ha dicho: soy la santa Virgen?».
«Aquerò no me lo ha dicho».
Cediendo a las amenazas del comisario, el padre de Bernadette le prohíbe regresar el lunes a la gruta. Ella obedece en un primer momento, pero por la tarde una fuerza irresistible la empuja de nuevo hacia Massabielle. Esta vez, sin embargo, la aparición no se produce.
Al día siguiente, con el permiso de sus padres, Bernadette vuelve a la gruta, y la aparición se prolonga durante una hora entera ante una multitud de ciento cincuenta personas. En pleno éxtasis, Elénoire Pérand —que un año más tarde entraría como religiosa en las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl— pincha a Bernadette con un alfiler: la joven no muestra reacción alguna al dolor.
En este encuentro, Aquerò le enseña una oración destinada únicamente a ella, que Bernadette rezará cada día durante el resto de su vida, y le confía además tres secretos que, según declaró la propia Bernadette, la concernían solo a ella.
Esta vez Aquerò se limita a sonreír. Bernadette hace lo mismo que dos días antes: besa la tierra, va hacia el fondo de la gruta y bebe de nuevo el agua que mana de la tierra.
Un oficial enviado para vigilar la situación contabiliza mil cien personas presentes durante la aparición, que transcurre como la del día anterior. Por la tarde, Antoine Clarens interroga a Bernadette acerca de los «extraños» ejercicios que Aquerò le manda realizar: «La visión me los ha mandado como penitencia», responde, «ante todo por mí y luego por los demás». Clarens insiste: «¿Le ha hecho alguna comunicación… o encargado alguna misión?». «No, aún no».
Esa misma tarde, algunos canteros de Lourdes acuden a la gruta y excavan en el punto exacto donde Bernadette se agachaba para beber. Desde entonces, el agua mana abundante y límpida.
Ante mil quinientas personas, Bernadette repite los mismos gestos de penitencia. Antoine Dézirat, un joven sacerdote, la observa de cerca y deja este testimonio: «Bernadette, pasando las cuentas de su rosario, movía apenas los labios, pero de su actitud, de los rasgos de su cara, se veía que su alma estaba en éxtasis. La sonrisa superaba cualquier expresión… Bernadette era la única que veía la aparición, pero todo el mundo parecía sentir su presencia… Yo creía estar en la antesala del Paraíso».
Es el último de los quince días. La aparición se repite ante una multitud inmensa que aguarda una señal clara, destinada a todos, y que queda sin embargo decepcionada. Al término del rosario rezado ante Aquerò, Bernadette se interrumpe dos veces antes de completar una de aquellas señales de la cruz que asombraban a los presentes por su belleza y sencillez. Su prima Jeanne Védère le pregunta después: «¿Por qué has recomenzado tres veces a hacerla?». «Aquerò no la había hecho aún. No podía llevar la mano a la frente». «¿Por qué a veces estabas alegre y a veces triste?». «Yo estoy triste cuando Aquerò está triste, y sonrío cuando sonríe».
Una fuerza interior empuja de nuevo a Bernadette hacia Massabielle. Aquerò la espera allí, y la niña repite la pregunta que el párroco le ha encomendado: «Señorita, ¿tendría la bondad de decirme quién sois, por favor?». Aquerò sigue sonriendo en silencio, pero esta vez Bernadette insiste. Entonces, alzando los ojos al cielo y juntando las manos a la altura del pecho, la señora responde: «Que soy era Immaculada Councepciou» — «Yo soy la Inmaculada Concepción».
Bernadette no comprende el sentido de aquellas palabras. Durante todo el trayecto desde la gruta hasta la casa del párroco las va repitiendo en voz alta para no olvidarlas. Peyramale queda estupefacto: «¡Una señora no puede llevar ese nombre! Te equivocas. ¿Sabes qué quiere decir?». Bernadette se limita a repetir aquellas sílabas tal y como las ha oído. Y el párroco comprende que la niña, en su ignorancia, no puede haber inventado una definición dogmática. Peyramale se emociona.
Al atardecer, Bernadette se siente llamada una vez más a la gruta. La santa Virgen la aguarda allí, como aquella primera vez, para un encuentro en silencio: el último aquí en la tierra. «¿Qué te ha dicho?», le preguntan sus amigas. «Nada». Le basta con haberla visto. Y concluye: «No la había visto nunca tan bella».
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